25 de Abril de 2026

“Un día más, es un día menos”

Con esa forma de pensar se ingresa a la institución y a la carrera de las armas. Es casi un lenguaje común, una manera de resistir lo exigente. Un día más es uno menos para egresar de un proceso formativo, para convertirse en un profesional militar o para concretar cualquier proyecto de vida que se emprenda. Desde ese momento, se instala una lógica: avanzar, cumplir, terminar.

En el caso de quienes optamos por servir en alguna de las instituciones de la defensa nacional, y tras finalizar el primer proceso formativo, la mentalidad no cambia; solo se transforma el objetivo. Un día más es uno menos para el ascenso al siguiente grado, para realizar un curso de especialización o para reencontrarse con compañeros de promoción. Siempre hay un siguiente paso, una nueva meta que alcanzar. Y, casi sin darnos cuenta, seguimos avanzando.

Bajo esta lógica, terminamos viviendo el día a día proyectados hacia el cierre de un ciclo. Se instala una especie de filosofía silenciosa: todo lo que comienza debe terminar, y mientras antes llegue ese final, mejor. No es necesariamente algo negativo; de hecho, ayuda a sostenerse en momentos duros. Pero sí es incompleto.

El punto crítico aparece cuando esa forma de pensar se vuelve automática. Cuando el foco está solo en la meta, el presente pierde valor. Se transforma en un trámite, en un espacio que hay que atravesar lo más rápido posible. Y ahí es donde algo se rompe: dejamos de vivir aquello que, en teoría, nos está formando.

Porque el proceso no es un obstáculo entre nosotros y el objetivo. Es el lugar donde ocurre todo lo importante.

Esto incluye tanto las alegrías como las dificultades. Las experiencias duras —errores, fracasos, momentos incómodos— suelen ser las más rechazadas, pero también son las más formativas. No llegan por casualidad; llegan porque son necesarias. Obligan a ajustarse, a levantarse, a entenderse mejor. Ignorarlas o desear que pasen rápido es, en el fondo, desaprovecharlas.

Aquí aparece una contradicción interesante: buscamos crecer, pero queremos evitar aquello que nos hace crecer.

Cuando pienso en esta frase —“un día más, es un día menos”—, inevitablemente vuelvo a mis propios inicios. Recuerdo esos primeros días en los que lo único que quería era que el tiempo avanzara, que terminara el proceso, que llegara ese momento en que todo fuera más cómodo. En ese entonces, el presente era algo que había que soportar.

Con el tiempo, y después de haber pasado por distintas experiencias, seguí repitiendo —y también creyendo— lo mismo: “un día más, es un día menos”. Siempre con la mirada puesta en dejar atrás ciertas etapas. Sin embargo, con los años aparece algo que no se anticipa: la nostalgia.

La nostalgia, a diferencia del arrepentimiento, es más honesta. Es reconocer que incluso los momentos difíciles tenían valor. Que aquello que en su momento se quiso acelerar, después se recuerda con emoción. Y eso cambia la perspectiva.

También se suele decir que hay que olvidar lo malo y quedarse con lo bueno. Personalmente, no coincido. Las mejores enseñanzas no vienen solo de las buenas experiencias. Vienen del conjunto: de lo que resultó bien y de lo que no, de lo cómodo y de lo incómodo. Separarlas es simplificar algo que, en realidad, es mucho más complejo.

Por eso, el llamado no es a abandonar la idea de avanzar o de cumplir objetivos. Es a equilibrarla. A entender que “un día más, es un día menos” puede ser una herramienta para resistir, pero no debería ser la única forma de mirar la vida.

Porque si todo se trata de que los días pasen, en algún momento nos daremos cuenta de que pasaron demasiado rápido.

Hoy, al mirar hacia atrás, lo que queda no son solo las metas cumplidas. Son las personas, las experiencias y los momentos —buenos y difíciles— que fueron construyendo el camino. Todo eso, finalmente, es lo que forma.

Es una buena filosofía —“un día más, es un día menos”—, sí. Ayuda a mantenerse firme cuando las condiciones son adversas, recordando que todo tiene un final. Pero cuando se convierte en la única forma de pensar, corre el riesgo de vaciar el presente.

Vivir esperando que el tiempo pase también es una forma de perderlo. El llamado, entonces, es a vivir el presente, pero con la fortaleza de saber que “un día más, es un día menos”.

 

Marcelo Campos Salamanca

Entre la disciplina y la reflexión, intentando entender mejor el camino. Cada día trae algo para enseñar, si se sabe observar.

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Un comentario en ““Un día más, es un día menos”

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