Basado en el texto “La Escucha” de Rafael Echeverría (Weston, USA 2005)
Frente a una particular y participativa audiencia, comencé mi exposición preguntando: ¿cuántos animales de cada especie puso Moisés en el arca? Esta tramposa pregunta la acompañé con la proyección de un dibujo del arca y una fila de animales que, en parejas, subían a ella. Casi al unísono, y con algunos rostros desconfiados por la aparente obviedad, la respuesta llegó casi tan rápido como hice la pregunta: “Dos”. Satisfecho por haber “asestado el golpe”, les hice ver que, según la Biblia, Moisés nada tuvo que ver con el arca, sino otro señor de barba llamado Noé.
El resultado del pseudoexperimento me sirvió para introducir la primera parte de mi presentación: ¿será que a veces oímos más de lo que escuchamos? Esta pregunta, menos tramposa que la anterior, también escondía su real sentido, el cual era establecer la diferencia entre ambos conceptos.
Una rápida exploración conceptual —googleada— da cuenta de la diferencia. Oír es un proceso fisiológico involuntario y escuchar uno activo y consciente. Sin embargo, Rafael Echeverría va mucho más allá: primero, deja claro lo imprescindible que resulta tener que interpretar la información que se recibe. La idea de que “interpretar es el corazón de la escucha” da cuenta de ello. De aquí se desprende un segundo elemento fundamental, que tiene que ver con la posibilidad de interpretar información adicional mediante la observación del cuerpo y la percepción de determinadas emociones a partir del tono, volumen, rostro, etc. Esto hace que la escucha, además, sea un proceso complejo. Ahora bien, quizás lo más importante de este proceso es que nos permite construir un sentido a lo que escuchamos.
Pero los alcances de “la escucha” van mucho más allá. En su vínculo con “el habla”, la escucha es el proceso que valida ese acto. Esto, ya que además de ser un resultado esperado, la escucha es una condición previa. Sí, tal cual como lo escuchas —lees—. Es un resultado esperado, ya que cuando hablamos, lo primero que buscamos es que se nos escuche. Pero también, para lograr esto —que se nos escuche—, el habla debe considerar las inquietudes o motivaciones del otro; de lo contrario, es muy probable que lo que se diga sea oído, pero no escuchado.
En una tercera dimensión, podemos decir que el habla no garantiza la escucha. Según Rafael Echeverría, esto ocurre porque la comunicación humana no funciona como una simple transmisión de información desde un emisor a un receptor. De hecho, indica que esa mirada puede servir para explicar máquinas, pero no conversaciones humanas, porque las personas no reciben pasivamente los mensajes: los interpretan.
Esto significa que una persona puede decir algo con una intención determinada, pero el otro puede escuchar algo distinto, porque escucha desde su historia, sus expectativas, sus emociones, sus experiencias previas, sus prejuicios y sus posibilidades abiertas o cerradas. Por eso, el sentido que el hablante busca transmitir nunca coincide plenamente con el sentido que el oyente construye. Siempre existe una brecha entre lo dicho y lo escuchado.
Pero recién estamos calentando motores… Si sabemos que por defecto siempre existirá la brecha entre lo que se dice y lo que se escucha, entonces, si has leído —escuchado— esto hasta acá, te asiste un nuevo desafío: hacernos responsables de esa brecha y, en consecuencia, hacer algo al respecto.
Pero como dijo el Chapulín Colorado, “que no panda el cúnico”. Rafael Echeverría no solo nos impone el problema-responsabilidad-desafío; también nos regala la solución… o, mejor dicho, nos muestra dos soluciones: una más fácil que la otra y, claro, una más rápida que la otra. A la primera le llamaremos “aprendizaje de primer orden” y, a la segunda —seguro adivinaste—, “aprendizaje de segundo orden”.
El aprendizaje de primer orden implica realizar acciones concretas para reducir la brecha, las que podemos comenzar a aplicar apenas termines de leer este texto —falta poco— y te las adelanto: verificar escuchas, compartir inquietudes e indagar. Verificar escuchas implica pedir al otro que diga, en sus propias palabras, qué entendió, o bien expresar nuestra interpretación para confirmar si corresponde a lo que el otro quiso decir.
Compartir inquietudes consiste en mostrar desde dónde hablamos: qué nos preocupa, qué antecedentes tenemos o qué buscamos cuidar. Esto ayuda a que el oyente no interprete libremente desde supuestos incompletos. Por su parte, indagar significa preguntar para completar, corregir o afinar nuestra interpretación. En palabras simples, es “hablar para escuchar mejor”.
Ahora viene lo más difícil, pero si lo logramos, será lo más trascendental. Para el aprendizaje de segundo orden no basta con aplicar técnicas; es necesario transformar al observador que somos frente a la escucha y, para ello, la escucha nos ofrece una doble apertura.
La primera es la apertura a comprender al otro como diferente. Escuchar no consiste en confirmar lo que ya pensamos ni en encontrar solamente aquello que tenemos en común con el otro. Por el contrario, la escucha se vuelve decisiva cuando aparece la diferencia. Ahí surge el verdadero desafío: aceptar al otro como legítimo, autónomo y distinto, sin invalidarlo ni descalificarlo. En ese sentido, escuchar requiere respeto; sin respeto, la diferencia se convierte en amenaza y la escucha se cierra.
La segunda apertura es la apertura a ser transformado por la palabra del otro. Rafael sostiene que escuchar al otro implica permitir que su palabra pueda modificar el sentido que damos a las cosas o llevarnos a acciones que antes no estaban disponibles para nosotros. Si entro a una conversación con una posición ya tomada, sin posibilidad de cambiar de parecer, en rigor no estoy escuchando: solo estoy oyendo o esperando mi turno para responder. Por eso, cuando alguien dice “no me escuchas”, muchas veces reclama que su palabra no tiene efecto, que no cambia nada, que no logra tocar ni mover al otro. Una escucha auténtica supone que el otro pueda hacer una diferencia en mí.
En síntesis, escuchar es abrirse a la diferencia del otro y aceptar que esa diferencia pueda transformarme. Por eso, la escucha está directamente vinculada con el aprendizaje, y aprender es dejarse transformar.
A segundos de terminar mi exposición, los invitados al seminario comenzaron a oír de fondo la canción “Man in the Mirror”, de Michael Jackson. Con una traducción de parte de la letra me despedí diciendo:
Voy a cambiar las cosas, por una vez en mi vida.
Se va a sentir muy bien, voy a marcar la diferencia.
Voy a hacerlo bien.
Voy a empezar con la persona en el espejo.
Le estoy pidiendo que cambie sus formas.
Y ningún mensaje podría haber sido más claro:
“Si quieres hacer del mundo un lugar mejor,
mírate a ti mismo y luego haz un cambio”
