Artículo original:
¿Qué nos enseña Ormuz sobre el valor estratégico de Magallanes? – AthenaLAB
Frente al Estrecho de Magallanes, el viento no deja mucho espacio para la indiferencia. Sus aguas frías, sus costas abruptas y ese paisaje austral, recuerdan que Chile se proyecta hacia el sur del mundo. Al mismo tiempo se escuchan noticias del Medio Oriente y Ormuz, vuelve a ocupar los titulares: guerra, petróleo, buques, amenazas, mercados inestables. Parece una crisis lejana, situada en otro mapa. Pero mirando Magallanes, la distancia se vuelve menos evidente. Ambos estrechos, tan distintos en historia, clima y tensión política, obligan a una misma pregunta: ¿qué ocurre cuando la geografía se vuelve poder?.
Producto de la guerra en Medio Oriente, los estrechos —y especialmente el de Ormuz— han vuelto a instalarse en la discusión mundial. Cada vez que una crisis amenaza un paso marítimo crítico, emerge una verdad que la globalización suele ocultar bajo la apariencia de fluidez: buena parte del comercio, la energía y la estabilidad financiera del mundo depende de lugares angostos, jurídicamente sensibles y políticamente disputados.
La primera lección de Ormuz es que un estrecho no es simplemente una formación geográfica. Es una condición estratégica. A diferencia de un canal artificial, como Suez o Panamá, construido para acortar rutas mediante una obra humana, un estrecho es un paso natural entre dos masas terrestres que conecta mares u océanos. Esa diferencia tiene consecuencias jurídicas. Mientras los canales suelen regirse por tratados específicos, normas de administración, tarifas y compromisos de neutralidad, los estrechos usados para navegación internacional se vinculan al derecho del mar y al principio de paso en tránsito, que busca asegurar una circulación continua y expedita. Allí aparece una tensión permanente: la soberanía de los Estados ribereños convive con el interés de la comunidad internacional en mantener abiertas las rutas marítimas.
La geopolítica ayuda a entender por qué estos pasos importan tanto. Mahan habría visto en ellos nodos esenciales del poder marítimo; Corbett, espacios donde lo decisivo no es poseer el mar, sino asegurar o negar su uso; y Spykman, desde la lógica del Rimland, verdaderas bisagras entre continentes, océanos, rutas comerciales y equilibrios de poder. En esa mirada, Ormuz no es un accidente geográfico regional, sino una pieza del tablero global.
El Estrecho de Ormuz concentra esa condición con particular intensidad. Ubicado entre Irán y Omán, conecta el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán y el Mar Arábigo. Su importancia no reside solo en su estrechez, sino en la densidad estratégica de lo que allí converge: petróleo, gas natural licuado, rutas comerciales, intereses asiáticos, presencia militar occidental, rivalidad regional, derecho internacional y narrativas políticas contrapuestas. En 2024 transitó por esa vía un promedio cercano a 20 millones de barriles diarios de petróleo, aproximadamente una quinta parte del consumo mundial, además de una proporción relevante del comercio global de gas natural licuado. En una economía interdependiente, esa concentración convierte cualquier amenaza sobre Ormuz en un asunto mundial.
Por eso, el cierre de Ormuz no es solo una crisis energética. Sus efectos pueden transmitirse por múltiples niveles: aumento del precio del petróleo y del gas, encarecimiento de seguros marítimos, presión sobre fletes, inflación, incertidumbre bursátil, tensión diplomática, alteración de cadenas logísticas y riesgo de escalamiento militar. Incluso una amenaza creíble puede producir efectos antes de cualquier bloqueo real, porque los mercados no reaccionan únicamente a los hechos consumados, sino también a la expectativa de interrupción. Las acciones de Irán sobre Ormuz enseñan que, en la economía global, la percepción de riesgo también es una forma de poder.
La segunda lección es estratégica y militar: no se necesita controlar completamente un estrecho para volverlo inseguro. Ormuz tiene condiciones geográficas que facilitan la vigilancia, la presión y la negación de área. Irán posee costa, islas, bases y profundidad territorial al norte; Omán controla la ribera sur; y el tráfico debe ordenarse en rutas relativamente estrechas, especialmente en los tramos donde existe la profundidad suficiente para el tránsito de buques de gran calado. En ese entorno congestionado, minas, misiles antibuque, drones, lanchas rápidas, interferencia electrónica o ciberataques que amenacen buques o infraestructura portuaria pueden elevar el costo de la navegación sin necesidad de una guerra convencional abierta. La amenaza no consiste solo en cerrar el paso, sino en hacerlo suficientemente riesgoso para que navieras, aseguradoras, Estados y mercados modifiquen su conducta.
La historia y los hechos recientes confirman esa condición. Antes del petróleo, Ormuz fue un nodo comercial entre Persia, Arabia, India y el océano Índico. Luego atrajo el interés de portugueses, persas, británicos y omaníes. Con el auge de los hidrocarburos, dejó de ser una ruta regional para transformarse en una arteria energética mundial. Desde la Revolución Iraní de 1979, y especialmente desde la guerra Irán-Irak, el estrecho quedó asociado a una tensión permanente entre libertad de navegación, seguridad energética, soberanía regional y disuasión militar. Ormuz no nació estratégico con la crisis actual; la crisis actual solo vuelve visible una realidad histórica y geopolítica que siempre estuvo allí.
La tercera lección tiene que ver con las capacidades estratégicas nacionales. Defender un estrecho no significa únicamente desplegar buques o aviones. Exige inteligencia permanente, vigilancia aérea y satelital, control del tráfico marítimo, capacidad de dragado de minas, defensa antiaérea, protección de puertos, coordinación multinacional, resiliencia cibernética, diplomacia activa, reglas de enfrentamiento claras y sostenimiento logístico. Proteger un paso marítimo es mucho más que proteger una ruta física; también es sostener una percepción de seguridad. Cuando esa percepción se deteriora, el efecto estratégico ya comenzó.
Y es aquí donde Ormuz deja de ser solo una noticia lejana. Porque obliga a mirar de nuevo el mapa propio. Magallanes no es Ormuz: no tiene su centralidad energética, no vive bajo la misma tensión militar ni concentra el mismo volumen de hidrocarburos. Pero comparte una condición esencial: es un paso natural entre océanos y una puerta estratégica hacia espacios cuyo valor puede crecer en el futuro.
Magallanes une el Atlántico y el Pacífico en el extremo austral de América, es de soberanía chilena y proyecta al país hacia el espacio antártico. Ese valor puede crecer en un siglo marcado por cambio climático, rutas polares, conectividad submarina, investigación científica, protección ambiental y competencia por presencia en los espacios australes. Ormuz enseña que los estrechos se vuelven decisivos cuando el mundo necesita pasar por ellos, cuando las alternativas son costosas y cuando los Estados comprenden que la geografía solo se convierte en influencia si existe capacidad para administrarla, protegerla y proyectarla.
Desde esa perspectiva, la pregunta para Chile no es si Magallanes será “otro Ormuz”. No lo es, ni necesita serlo. La pregunta es si Chile está construyendo las capacidades necesarias para que su posición austral se transforme en presencia efectiva, infraestructura, conocimiento, diplomacia antártica, conectividad, control marítimo y liderazgo responsable. Un estrecho no adquiere valor estratégico solo porque aparece en el mapa. Lo adquiere cuando un Estado desarrolla visión estratégica de largo plazo, sostenible y con capacidad de anticipación.
La reflexión se vuelve más exigente al mirar la Antártica. El Tratado Antártico no termina en 2048. Lo que puede abrirse desde esa fecha es la posibilidad de solicitar una revisión del Protocolo de Madrid por alguna de sus partes. Pero aunque el marco jurídico no desaparezca, el interés por la Antártica puede aumentar por razones evidentes: agua dulce, minerales, ciencia, cambio climático, rutas polares, biodiversidad, conectividad y presencia estratégica. En ese escenario, Magallanes no sería solo una ruta austral, sino una plataforma natural de proyección hacia el continente blanco.
Ormuz muestra el poder de un estrecho bajo presión. Magallanes recuerda que Chile posee una llave austral cuya relevancia puede crecer si el mundo vuelve la mirada hacia el sur. Entre ambos existe una diferencia de escala, contexto y riesgo, pero también una enseñanza común: los estrechos son lugares donde la geografía se vuelve política, donde el derecho necesita capacidades para hacerse efectivo y donde la soberanía se demuestra mediante presencia, conocimiento e infraestructura.
La lección final es simple, pero decisiva. Los estrechos no son solo pasos marítimos; son sistemas estratégicos. Allí convergen comercio, energía, derecho, fuerza, tecnología y percepción de riesgo. Ormuz nos permite comprender la fragilidad de la interdependencia global. Magallanes nos obliga a preguntarnos si Chile sabrá convertir su geografía austral en influencia, responsabilidad y futuro.
Ormuz nos recuerda que el mundo puede estremecerse en un paso angosto. Magallanes nos pregunta si Chile sabrá mirar a tiempo el valor de su propia llave austral.
