El 11 de enero siempre ha sido una fecha especial para mí. No solo porque ese día nací, en 1974. Exactamente sesenta y dos años antes, el 11 de enero de 1912, se promulgó la Ley N.º 2.597, que fijó oficialmente el diseño, las proporciones y los colores de la Bandera Nacional de Chile. Descubrir esa coincidencia me llevó, con el tiempo, a una pregunta que me acompañó durante buena parte de mi vida militar y que, hasta hoy, no he logrado responder completamente: ¿puede un símbolo permanente de la República cambiar de color sin que nadie se detenga a reflexionar sobre ello?
Ingresé al Ejército cuando todavía utilizábamos el patrón de mimetismo Woodland. Años después llegó el uniforme pixelado y, con él, la Bandera Nacional comenzó a formar parte permanente de la tenida de combate. Fue entonces cuando apareció una discusión que antes simplemente no existía. Si la ley define con precisión el diseño y los colores de la Bandera Nacional, ¿por qué la representación que llevamos en el uniforme podía adoptar otros colores?
Durante años utilicé deliberadamente la bandera tricolor. No fueron pocas las veces que algún superior me llamó la atención. La explicación era siempre la misma: el Reglamento de Vestuario disponía el empleo de la versión mimetizada y la bandera de colores quedaba reservada para determinadas comisiones en el extranjero. Mi respuesta tampoco variaba: “La Ley N.º 2.597 estableció oficialmente el diseño, las proporciones y los colores de la Bandera Nacional”. A partir de ahí comenzaba el consabido rosario. El reglamento decía una cosa; yo insistía en que la ley decía otra.
Nunca entendí esa discusión como un acto de rebeldía. Era una duda genuina, pero también un asunto de principios. Más que un problema de jerarquía normativa o de la conocida pirámide de Kelsen, para mí siempre fue algo bastante más simple y, al mismo tiempo, mucho más profundo. La Bandera Nacional no es un accesorio del uniforme. Es el símbolo permanente de la República. Los símbolos por los cuales un soldado jura dar la vida no deberían quedar sujetos a modas, soluciones comerciales o criterios de conveniencia.
Defendí esa postura hasta donde consideré razonable hacerlo. Solo cedía cuando la sanción era prácticamente inevitable y mi posición, dentro de la estructura jerárquica, resultaba indefendible. No cedía porque hubiera cambiado de opinión; cedía porque también entendía que la disciplina constituye uno de los pilares fundamentales de la profesión militar.
Quiero ser absolutamente claro. No estoy cuestionando la utilidad táctica de una bandera de baja visibilidad en combate. Sería absurdo hacerlo. La guerra entre Rusia y Ucrania ha demostrado que el campo de batalla moderno está dominado por drones, sensores térmicos, cámaras de alta resolución, visión nocturna e inteligencia artificial. Hoy la supervivencia depende, en buena medida, de reducir la firma visual, térmica y electrónica del combatiente. Desde la ingeniería, una bandera de baja visibilidad tiene perfecta lógica. Cuando el objetivo es sobrevivir, cualquier elemento que aumente el contraste del uniforme constituye una firma adicional que facilita la detección. La física no distingue entre un casco, un parche o una bandera.
Precisamente porque soy ingeniero aprendí que ninguna solución es universal. Toda solución responde a un requisito y, cuando el requisito cambia, la solución también debe cambiar. En ingeniería, aplicar una solución correcta a un problema distinto también constituye un error de diseño. Eso explica por qué un soldado se mimetiza el rostro antes de una infiltración y nadie espera verlo asistir a una ceremonia, impartir clases o caminar por la ciudad con la cara permanentemente pintada. El mimetismo facial responde a una necesidad táctica; no define la identidad del soldado. Entonces, ¿por qué esa misma lógica no parece aplicarse a la Bandera Nacional?
No encontré mejor momento para escribir estas líneas que la semana en que miles de soldados volverán a pronunciar el Juramento a la Bandera. No jurarán a una bandera verde, negra o color coyote. Jurarán al pabellón azul, blanco y rojo de la República de Chile. Sin embargo, muchos lo harán vistiendo un uniforme donde esa misma bandera aparece representada con colores completamente distintos.
No discuto el camuflaje. Discuto la permanencia. No cuestiono la necesidad de una solución táctica cuando existe un requisito operacional que la justifica. Lo que considero digno de reflexión es que una solución concebida para un escenario excepcional haya terminado convirtiéndose, sin mayor debate, en una representación institucional permanente. Cuando una excepción deja de ser excepción, también deja de preguntarse por qué nació.
El ejemplo de Estados Unidos resulta particularmente interesante. Tuve la oportunidad de observarlo directamente durante mi comisión junto a su Ejército. Allí la reglamentación distingue entre el empleo institucional y el empleo operacional de la bandera. En condiciones normales, el uniforme utiliza la bandera con sus colores oficiales; cuando las circunstancias tácticas lo justifican, se autoriza la versión de baja visibilidad. La solución táctica no reemplaza al símbolo: lo adapta temporalmente porque cambió el problema que debe resolver. Desde la ingeniería de sistemas, ese razonamiento resulta plenamente coherente.
Algunos responderán que mantener una sola versión de la bandera resulta más práctico. Otros dirán que es más económico. Otros sostendrán que simplemente así se ha hecho durante años. Todas son respuestas posibles. Pero ninguna responde la pregunta de fondo: ¿cómo es posible que un soldado jure fidelidad al pabellón tricolor mientras porta en su uniforme una representación que ya no conserva los colores que la propia ley definió?
Quizás por eso nunca pude ver la bandera como un simple parche. Para mí siempre representó algo mucho más grande que cualquiera de nosotros. Los romanos marchaban detrás de sus águilas legionarias porque representaban a Roma. Nosotros marchamos detrás de nuestra bandera porque representa a Chile. No es un trozo de tela. Es la República. Es nuestra historia. Es el símbolo que une a generaciones de chilenos que jamás se conocieron entre sí, pero que estuvieron dispuestos a dar la vida por los mismos colores. Es el capitán Ignacio Carrera Pinto devolviendo la nota de intimación al coronel Juan Gastó en La Concepción. Es el capitán de fragata Arturo Prat Chacón dando su arenga inmortal a la dotación de la Esmeralda antes del Combate Naval de Iquique. Es la enseña gloriosa izándose sobre el Morro de Arica. Los pueblos no construyen su identidad alrededor del color de un patrón de camuflaje. La construyen alrededor de sus símbolos.
Durante años tuve una arenga que repetía casi como un mantra cada vez que alguien cuestionaba mi postura. Cuando juega Chile, vamos al estadio a alentar a La Roja. No vamos a alentar a la coyote. No vamos a alentar a la pixelada. No vamos a alentar a la negra. No vamos a alentar a la infrarroja. Vamos a alentar a La Roja. Porque ese rojo, junto al blanco y al azul, no es una combinación cualquiera. Es Chile. Ese es el legado que recibimos. Y ese es el legado que tenemos la obligación de cautelar.
Lo que más me inquieta es que esta discusión prácticamente no existe. La práctica se observa en las Fuerzas Armadas, en Carabineros y también comienza a extenderse a otras instituciones uniformadas. No parece existir un debate en el Ministerio de Defensa, en el Estado, en el mundo académico o entre quienes estudian nuestros símbolos nacionales. Simplemente la aceptamos como una práctica normal. Hace años lamentábamos que en muchos colegios hubiera dejado de cantarse el Himno Nacional y de izarse la bandera al inicio de la semana. Nos preocupaba que las nuevas generaciones perdieran el vínculo con sus símbolos patrios. Sin embargo, esa misma preocupación también debería llevarnos a mirar hacia nosotros mismos. Porque si quienes tenemos el deber de custodiar esos símbolos dejamos también de preguntarnos por ellos, ¿qué podemos esperar del resto de la sociedad?
Hace casi una década planteé esta misma inquietud a un general que fue mi jefe y de quien aprendí mucho. Escuchó atentamente mis argumentos. Cuando terminé, guardó unos segundos de silencio, sonrió y respondió con una frase que nunca olvidé: “El diablo está en los detalles”.
Con los años comprendí que tenía razón. Las instituciones rara vez se apartan de sus principios por una gran decisión. Lo hacen cuando pequeños detalles dejan de discutirse y terminan convirtiéndose en costumbre. Quizás el diablo ya comenzó a hacer parte de su trabajo. Porque cuando dejamos de cuidar nuestros símbolos, el diablo ya empezó a mover los hilos.
Columna publicada previamente en: https://www.linkedin.com/pulse/el-diablo-est%C3%A1-en-los-detalles-claudio-gutierrez-j949f/
