19 de Mayo de 2026

Nuestra cumbre: Ascenso al Monte Everest catorce años después

Hay montañas que se suben “a pura  pierna”, pulmones y voluntad. Pero hay otras —las más importantes— que se alcanzan con algo bastante más escaso: humildad.

Hace exactamente catorce años, una expedición chilena llegó a la cumbre del Everest. Era la expedición “Everest 20 años”, organizada por la empresa Vertical, que quería conmemorar dos décadas de la primera cima chilena en el techo del mundo, alcanzada en 1992. Junto al equipo civil iban tres especialistas del Ejército de Chile: el capitán Felipe Olea Popelka, el sargento primero Juan Díaz Alvarado y el sargento segundo Paulo Grandy Sumonte. Dos de ellos, Olea y Grandy, hicieron cumbre y se transformaron en los primeros militares latinoamericanos en alcanzar el punto más alto del planeta.

Pero, siendo honestos, creo que ese no es el corazón de la historia.

Si uno mira esta expedición solo como una sucesión de nombres, récords y fotografías en la cima, se pierde lo esencial. Lo verdaderamente grande de aquella gesta no estuvo solo en llegar arriba, sino en la forma en que llegaron. O, mejor dicho, en la forma en que entendieron que la cumbre no pertenecía a uno, sino a todos.

En tiempos donde pareciera que todo empuja al brillo individual —el mérito propio, la foto propia, el reconocimiento propio—, la historia del Everest chileno nos recuerda algo que nunca debimos olvidar: hay objetivos que se vuelven más trascendentes cuando uno deja de ponerse al centro.

Paulo Grandy lo mostró mucho antes de la cima. En una expedición de más de sesenta días, sometida a la tensión permanente de la altura, el cansancio, la espera y la incertidumbre, mantener la moral alta no es un detalle anecdótico. Es parte de la supervivencia del grupo. Quienes vivieron esa travesía recuerdan su sentido del humor, su capacidad para descomprimir los momentos pesados y esa manera de relacionarse que ayudó a integrar de verdad a militares y civiles en un solo equipo. No era “el grupo del Ejército” por un lado y “los de Vertical” por otro. Era una expedición. Un equipo que debía aprender a confiar sin sesgos ni etiquetas.

A veces se desprecia el humor, como si fuera una frivolidad. En realidad, en ambientes extremos, el humor puede ser una forma de liderazgo. No del liderazgo que da órdenes, sino del que sostiene. Del que evita que el ánimo se quiebre. Del que recuerda, cuando todo se endurece, que seguimos siendo personas. Y que ninguna misión difícil se cumple bien si el grupo se vuelve una suma de egos aislados.

Después vino el gesto del “Juanito” Díaz. Tal vez el más silencioso de todos. Y por eso mismo, uno de los más grandes.

Cuando advirtió que su estado de salud no era el mejor, tomó una decisión que debió doler hasta los huesos: no continuar hacia la cumbre. Se quedó en el Campamento 2, a 6.500 metros, para no transformarse en un riesgo ni en una eventual carga para sus compañeros. No eligió lo que más deseaba; eligió lo que más convenía al equipo. Y desde allí, además, terminó cumpliendo un rol decisivo como apoyo en las comunicaciones de quienes sí atacaron la cima. A veces, renunciar también puede ser una forma de valentía.

Vivimos rodeados de discursos que nos dicen “no te bajes”, “insiste hasta el final”, “nunca abandones”. Suena bien. Pero no siempre es correcto. A veces, insistir por orgullo es irresponsabilidad. A veces, retirarse a tiempo es cuidar al resto. A veces, comprender que la misión es más importante que el deseo personal exige un coraje moral mucho mayor que seguir avanzando.

Juan Díaz no apareció en la foto a 8.848 metros de altitud. Pero sí estuvo en la verdadera “foto de cumbre.” Esa que muestra al equipo sano y salvo de regreso en el “campamento base”. Además, Juan estuvo en cada comunicación transmitida, en cada decisión que ayudó a sostener, en la tranquilidad de sus compañeros al saber que detrás había alguien alerta, comprometido y disponible. Hay personas que no pisan la cima y, aun así, empujan a otros hasta ella.

Y luego está el gesto final. El que parece pequeño en distancia, pero inmenso en significado.

Faltaban cerca de treinta metros para la cumbre. Felipe Olea podía haber seguido. Podía haber avanzado unos pasos más y convertirse, por segundos, en el primer militar latinoamericano en alcanzar sólo ese hito. Nadie se lo habría reprochado. Nadie habría dicho que estuvo mal. Pero eligió detenerse. Eligió esperar a su cordada, Paulo Grandy, que venía unos minutos más atrás. Se juntaron, se abrazaron y así, juntos llegaron a la cumbre; Y, como recordaría después Grandy, pusieron “el mismo pie” en la cumbre del Everest.

Ese gesto dice mucho. Muchísimo.

Porque la cumbre estaba ahí, a la vista. Porque el reconocimiento individual estaba a unos pasos. Porque el ser humano, en ese instante, podría haber cedido a la tentación de pensar: “esto es mío”. Pero el entonces capitán Olea decidió que no. Que ese momento no tenía sentido si no era compartido. Que representaban a una institución, a una especialidad, a un país, y que la manera correcta de coronar el esfuerzo era hacerlo como equipo.

No llegaron primero uno y después el otro. Llegaron juntos.

Quizás por eso, catorce años después, esta historia me sigue emocionando.  Sigue emocionando porque nos recuerda una verdad que sirve en la montaña, en las Fuerzas Armadas, en una empresa, en una familia y en cualquier organización que aspire a ser algo más que una colección de individualidades: los grandes desafíos no se conquistan desde el personalismo, sino desde la pertenencia.

Pertenecer es comprender que uno porta algo que lo supera. Un equipo. Una historia. Una organización. Un propósito. Es saber que los talentos personales importan, por supuesto, pero que alcanzan su mejor versión cuando se ponen al servicio de algo superior.

Paulo sostuvo el ánimo. Juan renunció al protagonismo para proteger la misión. Felipe esperó para que la gloria no fuera solitaria.

Tres gestos. Una sola enseñanza.

La cima más alta del mundo no fue, para ellos, un altar del ego. Fue una celebración como equipo y, a través de ellos, un orgullo para todos nosotros.

En un tiempo tan necesitado de liderazgos generosos, de instituciones cohesionadas y de personas capaces de mirar más allá de sí mismas, esa lección sigue siendo tan alta como el Everest.

¡¡¡Feliz aniversario, Paulo, Juan, Felipe y a todo el Ejército de Chile!!!

 

 

 

Fuente de la imagen: Sitio web del Ejército de Chile, disponible en: https://ejercito.cl/prensa/visor/a-nueve-anos-de-la-cumbre-del-everest-un-sueno-compartido-con-toda-una-institucion

*Artículo corregido y mejorado con IA.

Fernando Garetto Risso

Fanático de la educación, de la creatividad y del pensamiento crítico. fdogaretto@gmail.cl

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