Sin duda, es una pregunta compleja.
El ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán, iniciado hace más de cien días, dio origen a un conflicto que, según la narrativa inicial de Donald Trump, prometía ser corto, decisivo y capaz de transformar el equilibrio estratégico de Medio Oriente. Sin embargo, la guerra ha derivado en una crisis de alcance global, con profundas repercusiones económicas y energéticas, cuyo término no parece cercano.
La pregunta que surge entonces es inevitable: ¿realmente quiere Trump terminar la guerra?
Responderla no es sencillo. Los objetivos políticos y estratégicos rara vez se expresan de manera transparente durante un conflicto. La historia demuestra que las narrativas públicas suelen diferir de los objetivos reales perseguidos por los Estados. Como advertía Sun Tzu hace más de dos mil años, el engaño forma parte esencial de la guerra.
Por ello, más que analizar lo que los actores dicen, resulta útil observar lo que hacen. Y es precisamente allí donde comienzan a aparecer interrogantes e inconsistencias que merecen ser examinadas.
¿Se han cumplido los objetivos declarados?
Estados Unidos justificó el inicio de las operaciones sobre la base de dos grandes objetivos: destruir la capacidad iraní para desarrollar armas nucleares y provocar un cambio de régimen.
Respecto del programa nuclear, Irán ha destinado durante décadas una parte significativa de sus recursos estratégicos al desarrollo de capacidades nucleares y misilísticas. Formalmente continúa siendo parte del Tratado de No Proliferación Nuclear, pero no ha cumplido sus obligaciones y ha mantenido constantes tensiones con los organismos internacionales de supervisión y verificación.
Aún resulta difícil determinar cuál es el estado real de la capacidad iraní de enriquecimiento de uranio. Sin embargo, es razonable concluir que dicha capacidad ha sufrido una degradación significativa producto de los ataques recibidos durante el conflicto.
El segundo objetivo declarado era el cambio de régimen. En apariencia, las condiciones parecían favorables. El 28 de febrero pasado murió el ayatolá Alí Jamenei, líder supremo de Irán durante más de tres décadas, junto con una parte importante de la cúpula política, militar y religiosa del país. Si la eliminación del liderazgo era una condición necesaria para provocar el colapso del régimen, cabría esperar que el sistema comenzara a desintegrarse. Sin embargo, eso no ha ocurrido.
La primera gran pregunta surge entonces de manera natural: si los dos principales objetivos que justificaron la guerra no parecen haberse materializado completamente, ¿por qué el conflicto continúa?
A pesar de los golpes sufridos, el régimen ha demostrado una resiliencia que pocos anticipaban. El levantamiento popular que muchos analistas consideraban probable no se ha materializado. Ello resulta especialmente llamativo si se considera el historial reciente de movilizaciones masivas en 2009, 2019 y 2022, todas reprimidas con extrema dureza por los aparatos de seguridad del régimen.
La capacidad coercitiva del Estado sigue siendo considerable incluso después de la eliminación de parte de su liderazgo. ¿Estamos observando una fortaleza del régimen que Occidente subestimó?
La resistencia iraní resulta aún más sorprendente cuando se considera el deterioro de su entorno estratégico. La caída del líder sirio Bashar al Assad en diciembre de 2024 privó a Teherán de su principal aliado estatal en el Levante, mientras que Hezbollah ha sufrido una degradación significativa de sus capacidades tras las operaciones israelíes en el Líbano y la muerte de Hassan Nasrallah.
Al mismo tiempo, Rusia y China han mantenido una posición cautelosa y no han proporcionado un apoyo militar capaz de alterar el equilibrio del conflicto. En consecuencia, Irán parece encontrarse más aislado que en cualquier otro momento de las últimas décadas ¿Cómo explicar entonces que continúe resistiendo?
La hipótesis más probable es que el régimen ha entrado en una lógica de supervivencia. Cuando un Estado percibe que su existencia misma está amenazada, la racionalidad estratégica cambia. La victoria deja de ser el objetivo principal; la supervivencia pasa a ocupar ese lugar.
Toda estrategia militar requiere una teoría de la victoria. Es decir, una explicación coherente de cómo las acciones tácticas y operacionales permitirán alcanzar los objetivos políticos. Afganistán e Irak ofrecen ejemplos ilustrativos. En ambos casos, Estados Unidos logró rápidas victorias militares iniciales, pero enfrentó enormes dificultades para transformar esos éxitos operacionales en resultados políticos duraderos. La historia reciente demuestra que ganar las primeras batallas no necesariamente significa ganar la guerra.
La pregunta que surge entonces es inevitable: ¿cuál es hoy la teoría de la victoria de Estados Unidos en Irán?
Si el programa nuclear ha sido degradado, si el cambio de régimen no se ha producido y si la guerra continúa sin una conclusión clara, cabe preguntarse si los objetivos originales siguen vigentes o si han sido reemplazados silenciosamente por otros. Quizás la respuesta se encuentre en otro ámbito.
Desde la perspectiva de Nicholas Spykman y la teoría del Rimland, el estrecho de Ormuz constituye uno de los principales choke points del sistema internacional. Su interrupción afecta directamente las rutas energéticas que conectan Medio Oriente con las economías asiáticas y europeas.
Desde esta perspectiva, el conflicto deja de ser exclusivamente iraní. La verdadera pregunta pasa a ser quién controla las arterias energéticas que alimentan la economía mundial.
La interrupción del tránsito marítimo en Ormuz ha afectado una parte sustancial del comercio mundial de petróleo y gas natural licuado. Como consecuencia, los precios energéticos han aumentado considerablemente, generando presiones económicas sobre prácticamente todas las economías industrializadas.
Aquí emerge una nueva pregunta: ¿a quién perjudica más el cierre prolongado de Ormuz?
La respuesta inmediata suele ser “a todo el mundo”. Sin embargo, una observación más detallada muestra que los países asiáticos, y especialmente China, dependen en gran medida de los flujos energéticos provenientes del Golfo Pérsico.
Analizado desde el modelo DIME[1], Estados Unidos ha empleado simultáneamente instrumentos militares, diplomáticos, informacionales y económicos. Sin embargo, es precisamente en la dimensión económica donde comienzan a surgir las preguntas más interesantes sobre los efectos estratégicos del conflicto.
Todo conflicto genera ganadores y perdedores. El aumento sostenido del precio del petróleo afecta de manera desigual a los distintos actores internacionales y podría estar generando consecuencias estratégicas que inicialmente no formaban parte de los objetivos declarados.
La pregunta entonces es inevitable. ¿Sigue siendo el cambio de régimen el objetivo principal? ¿O estamos observando una mutación de los objetivos estratégicos hacia una lógica de competencia global entre grandes potencias?
La teoría estratégica enseña que los objetivos evolucionan conforme evoluciona el conflicto. Las campañas militares no siempre terminan persiguiendo exactamente los mismos fines con los que comenzaron.
La intención de este análisis no es responder categóricamente si Trump quiere o no terminar la guerra. La evidencia disponible no permite una afirmación concluyente.
Washington podría estar buscando una salida negociada desde una posición de fuerza. También podría estar intentando desgastar progresivamente la capacidad de resistencia iraní hasta alcanzar concesiones que hoy parecen imposibles. Existe incluso una tercera posibilidad: que algunos de los efectos indirectos del conflicto sobre los mercados energéticos y las cadenas de suministro asiáticas estén generando beneficios estratégicos que ciertos sectores estadounidenses consideran aceptables en el marco de la competencia global con China.
Ninguna de estas hipótesis puede demostrarse de forma concluyente. Sin embargo, todas conducen a una misma pregunta: si los objetivos declarados no se han cumplido y la guerra continúa, ¿estamos observando un fracaso estratégico o una redefinición de los objetivos políticos?
Quizás la pregunta más importante no sea si Trump quiere terminar la guerra. La verdadera pregunta es si la guerra que observamos hoy sigue siendo la misma que comenzó hace más de cien días.
[1] Acrónimo de la doctrina estratégica estadounidense, para referirse a los instrumentos del poder nacional: Diplomático, Informacional, Militar y Económico. Su uso permite analizar cómo un Estado combina distintas capacidades para alcanzar objetivos estratégicos.

A más de 100 días de guerra una conclusión comienza a consolidarse: aunque los objetivos políticos iniciales no se han materializado completamente, el equilibrio estratégico de Medio Oriente ya no es el mismo.
Israel ha demostrado una superioridad militar y tecnológica que le ha permitido degradar capacidades estratégicas iraníes, debilitar significativamente a Hezbollah y operar con una libertad de acción regional impensada hace pocos años.
A ello se suma la caída de Bashar al-Assad en Siria, que redujo uno de los principales pilares de la profundidad estratégica de Teherán.
Sin embargo, la resiliencia del régimen iraní demuestra que la superioridad militar no siempre se traduce automáticamente en victoria política.
La gran interrogante es si estamos observando un conflicto que no logró plenamente sus objetivos originales o el nacimiento de un nuevo orden regional donde Israel emerge como la principal potencia militar de Medio Oriente y donde Irán, aunque debilitado, continúa siendo un actor relevante.
Más que el fin de una guerra, quizás estamos presenciando la reconfiguración estratégica más importante de la región en las últimas décadas.
Marcelo, muchas gracias por tu comentario. Me parece una mirada muy en línea con el fondo del artículo: observar no solo lo declarado, sino también quién gana, quién pierde y qué efectos estratégicos genera el conflicto.
Sería muy interesante que desarrollaras esta visión en un post propio. Creo que aportaría mucho a la discusión, dejo las puertas abiertas.
Varios puntos profesor para comentar. 1.- Muchas personas y analistas de matinales dicen que para POTUS es clave terminar la guerra pronto por las elecciones de medio mandato ahora en Nov. Sólo 3 POTUS han ganado esa elección, por lo que veo de DT no está preocupado de aquello 2.- La bencina en el retail ya está bajando en los EEUU 3.- No veo factible que el régimen vaya a cambiar, los persas se podrán renovar pero ese cambio cultural no va a ser rápido. 4.- Quedó claro para DT que a quien más le sirve bloquear el estrecho es a EEUU pues afecta a su principal adversario que es China. 5.- Va a ser dificil para JD Vance mostrar un claro triunfo y eso afectará su portulación a POTUS. 6.- Los EEUU han generado muy buenos ingresos con el petróleo WTI a altos precios. 7.- DT no es un estratega académico, en un personaje que aprendió en su paso de Queens a Manhattan y siempre actúa con esa formula. 8.- La forma no es lo suyo.
POTUS: President Of The United States
Cesar,
Muchas gracias por darte el tiempo de comentar con tanto detalle. Justamente la intención de plantear estas preguntas es abrir una discusión más amplia, porque estos temas rara vez tienen una sola lectura posible.
Estoy de acuerdo con la mayoría de tus planteamientos. En particular, me parece muy interesante la idea de que el conflicto pueda estar generando efectos estratégicos favorables para EE. UU., especialmente respecto de China y el mercado energético.
Sobre el punto 5, agregaría una pregunta que abre otra línea de análisis: si JD Vance queda debilitado para proyectar una candidatura presidencial, ¿quién se beneficia políticamente de ese escenario? ¿Marco Rubio, quizás?
Sería muy interesante seguir desarrollando estas ideas. Dejo las puertas abiertas para que lo conversemos con mayor profundidad, incluso a través de un post al respecto. Conociéndote personalmente, creo que tu visión sería de muchísimo interés para enriquecer esta discusión.
Un abrazo
He podido trabajar con personas de difentes estados de los EEUU, haciendo marcas propias de vinos, cervezas, destilados, salmones , café, jugos de frutas, hay tantas culturas dentro de los EEUU que uno no podría decir “conozco a los americanos”. Si uno pudiera revisar el P&L a nivel país sin duda el ingreso por venta de petróleo está con números más azules a pesar de la inflación. Si la operación Cuba es exitosa y sin bajas de por medio, creo que las probabilidades del Secretario Marco Rubio aumentan, pero conociendo sólo una parte de los EEUU, en estados republicanos, creo que EEUU no votarían por un latino. Este conflicto deberia a nosotros prender las alarmas de Inverse Targeting: cómo cuidamos nuestro Estrecho de Magallanes, la Antártica, los minerales raros y lo más importante cómo cuidamos a los Reservistas de Chile dentro de las FFAAs
Excelente punto, de hecho mi proximo post trata de eso. Un abrazo y feliz si quieres escribir con nosotros.