Una Ceremonia para Siempre

Hoy se celebra un aniversario más de la creación de nuestro “Alcázar”. Han transcurrido 206 años desde que nuestro padre de la patria, el General Bernardo O’Higgins Riquelme, decidió fundar un instituto responsable de la formación de los cuadros que serían necesarios para consolidar el proceso independentista, el que se encontraba ya en su recta final. La Escuela Militar, heredera de aquella responsabilidad, celebra su aniversario de la manera más solemne posible: con la Ceremonia de Investidura de sus nuevos cadetes, conocida coloquialmente como la entrega de espadines.  En esta ceremonia convergen muchas emociones muy difíciles de plasmar en un papel, pero fácil de recordar para cualquiera que haya participado de ella.

Lamentablemente, mi ceremonia de entrega de espadines no se realizó de la forma tradicional. Esto, ya que la irrupción de la pandemia de COVID19 impidió que aquel 16 de marzo del 2020 pudiésemos ser investidos a la usanza tradicional. En dicha oportunidad, no estuvieron presentes nuestros padres, ni el patio de honor de la Escuela fue el escenario de nuestro primer desfile. Tampoco vestimos la tradicional guerrera “azul Prusia” ya que los uniformes, por razones lógicas, no pudieron estar listos para esa fecha. No, nada de aquello ocurrió. Pero quizás, esta suerte de espina que llevo clavada en mi corazón, la he ido resignificando con el paso de los años de una forma muy especial y, en este nuevo aniversario de nuestra Escuela, quiero compartirla con ustedes.

Con apenas 18 años y recién terminado mi cuarto medio en el Instituto Sagrado Corazón de Rancagua ingresé a la Escuela Militar. La ausencia de vínculos con el mundo militar, exceptuando el período de conscripción de mi padre, hicieron que la incertidumbre y los nervios fueran los protagonistas de mis primeros días. La transición de la vida civil a la militar es difícil; no basta con que sólo te guste seguir esta profesión, debes amarla y tener la vocación necesaria para enfrentar los distintos desafíos que se van presentando a lo largo de la carrera, los cuales son cada vez más complejos. A pesar de lo difícil de la adaptación, con el paso de los días los nervios fueron transformándose en cariño por lo que hacía y por la unidad a la que pertenecía.

Como señalé en un comienzo, cuando llegó el gran día de ser investidos con el espadín que sellaba el primer paso hacia la vida militar, no pude vestir mi uniforme frente a mis instructores ni a mis padres en aquel aniversario del año 2020. Sin embargo, al poco tiempo recibimos nuestro uniforme. Fue muy emocionante. Recuerdo que ese día no paraba de mirarme al espejo y de sonreír medio escondida para que no se dieran cuenta de cuán feliz estaba. Pero lo mejor estaba por venir. Desde aquella oportunidad, siento la misma emoción cada vez que paso los botones dorados de mi guerrera por sus respectivos ojales, ajusto la fornitura y el espadín a su tahalí, para finalmente, depositar de manera firme pero delicada la gorra sobre mi cabeza.

Pero hay aún más elementos que me han ayudado a sacar la desazón de mi primera investidura. En una oportunidad vestida con mi uniforme, visité mi antiguo colegio, en el cual pude observar la cara de mis profesores con un claro reflejo de alegría y orgullo de ver en mí parte del fruto de su propio trabajo. Algo similar ocurrió con mis amigas cuando vieron mis primeras fotos con uniforme o cuando las visitaba en lo que solía llamar “mi visita express” debido a lo fugaz que era.  No obstante, una de las emociones más grandes vividas hasta esa fecha me esperaba en otro lugar; mi hogar.

Ver a quienes me dieron la vida emocionarse hasta las lágrimas, por ver a su hija vistiendo el uniforme de la Escuela Militar es uno de mis mejores recuerdos y lo atesoro vívidamente. Y es que llegar hasta allí no es ni de cerca un esfuerzo individual. Por el contrario, el apoyo de nuestros padres es fundamental en nuestro camino, tanto para ingresar a la Escuela, como para recorrer los cuatro años y egresar como oficial del Ejército de Chile. Aquella vez, luego de cruzar el umbral de mi casa, tomé decidida el espadín y se lo pasé a mis padres para que viviéramos allí, en el living de nuestro hogar, la emoción que le faltó a mi investidura.

Recibir el espadín es un gran desafío y honor. Esto, debido a que van pasando de generación en generación, representando así la responsabilidad que se hereda de quienes nos antecedieron. Me refiero a los héroes, hombres y mujeres que han dado la vida por nuestro país y sigue con los oficiales que hoy en día cumplen deber en distintos tipos de operaciones y actividades en beneficio de nuestros compatriotas a lo largo de todo Chile. Así también, con la recepción del espadín se recibe también un arma, símbolo de quienes estamos llamados a acudir presurosos a defender a nuestro país si así se requiere.

Gracias a todas estas razones he podido vivir mi ceremonia de entrega de espadines una y otra vez. Cada vez que visto mi uniforme se me agolpan las emociones que me han llevado por esta corta pero significativa carrera militar la que, a pesar de lo incipiente, no ha estado exenta de dificultades y obstáculos los que espero poder sortear para convertirme en oficial y servir a mi país desde las filas del Ejército de Chile.

A mi querida Escuela Militar, feliz 206 años.

 

Fuente imagen:  https://www.instagram.com/escuelamilitaroficial/

3 thoughts on “Una Ceremonia para Siempre

  1. Muchas felicidades Paula, muy lindo artículo,
    Gracias por permitirnos conocer las emociones de una joven soldado. Reflejan los mismos sentimientos que compartimos los más viejos al vestir día a día el uniforme y servir a Chile a través de nuestro Ejército.

  2. Muchas gracias Paula, tus letras me han emocionado, gracias por compartir tus vivencias y emociones en la escuela.
    Increíble pero has sabido transmitir los sentimientos de muchos cadetes.
    Te espera un largo camino de desafíos, oportunidades y de logros, disfruta cada uno de ellos junto a tus hermanos de armas.
    Felicitaciones.

  3. Muy buenas palabras la que transmite en su artículo alférez paula, creo que cada año el 16 de marzo todo oficial recuerda su entrega de espadines y ese momento tan solemne y sublime que fue de pasar de nuestra vida de civil a nuestra vida de soldado, además de todas las emociones que se viven por ser la primera formación frente a nuestros padres que son quienes nos han permitido ser lo que somos como persona, gracias por recordarnos las emociones que cada día uno vive al sentirse orgulloso de ser un integrante de nuestro amado ejército de chile.

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