9 de Septiembre de 2026

“Carretas” de ayer y hoy

 

Hace unos días, un amigo me envió un artículo: Los amigos de siempre, escrito por Alexander Barzallo (a lo mejor ya les llego por RSs). Su reflexión sobre esas amistades que nacen en una etapa de la vida y que, pese a los años y las distancias, parecen conservar intacta cierta complicidad, me llevó casi inevitablemente al mundo militar. Pensé en “la Promo”, en “los Cursos” y en tantos camaradas con quienes alguna vez compartimos experiencias.

Quizás septiembre hizo que ese recuerdo apareciera con mayor fuerza. Durante estas semanas el tricolor comienza a multiplicarse por Chile. Lo vemos en casas, calles, edificios y plazas. Se acercan las Fiestas Patrias y las Glorias del Ejército y, para quienes alguna vez vestimos uniforme, ciertos recuerdos parecen despertar. La bandera provoca patriotismo, pero también algo más íntimo: el orgullo de haber pertenecido a algo que estaba —y sigue estando— mucho más allá de uno mismo.

Cuando pienso en esa pertenencia, sin embargo, no aparecen primero los grandes acontecimientos. Aparecen personas.

Está la Promo, aquellos con quienes comenzamos el camino en la Escuela Militar o en la Escuela de Suboficiales. También los Cursos, con quienes compartimos la subcultura de una especialidad, que en oportunidades tiene comportamientos casi tribales. Y también están muchos “más y menos” antiguos que, sin haber pertenecido necesariamente a nuestra promoción o curso, coincidimos en una unidad y terminamos formando parte de una misma historia.

En el lenguaje chileno existe una palabra especialmente buena para describir algunos de esos vínculos: “carreta”.

Guillermo Parvex, en Un veterano de tres guerras, al rescatar los recuerdos de José Miguel Varela, nos devuelve al mundo de aquellos soldados chilenos para quienes marchar, alimentarse, encontrar agua y sobrevivir dependía muchas veces de los hombres que tenían al lado. Las carretas de abastecimiento formaban parte esencial de aquella vida de campaña.

Pero es Arturo Benavides quien deja un testimonio especialmente revelador sobre el uso de la palabra. En Seis años de vacaciones, sus recuerdos de la Guerra del Pacífico, cuenta que los soldados comenzaron a llamar “carretas” a las pequeñas comunidades que formaban para conseguir y preparar en común sus alimentos. Algunos buscaban provisiones, otros leña y alguno asumía la cocina. La expresión se hizo tan habitual que, según Benavides, incluso los oficiales preguntaban a sus hombres con quién “formaban carreta” y hoy es parte del lenguaje popular.

Resulta difícil encontrar una mejor metáfora para la amistad.

El carreta era aquel con quien se compartía lo necesario para seguir adelante.

Y quizás la sociología ayuda a comprender por qué estos vínculos pueden alcanzar tanta fuerza. Omar Gutiérrez, en Sociología militar, incorpora el concepto de grupo primario, desarrollado por la tradición sociológica para describir aquellos grupos pequeños donde existen relaciones directas, cercanas y persistentes. La familia constituye su expresión más evidente, pero los estudios sobre comportamiento militar han mostrado cómo, bajo determinadas circunstancias, el pequeño grupo de compañeros puede adquirir una enorme importancia para el soldado.

En la vida militar es fácil reconocerlos. Durante algunos años nuestro grupo primario pudo ser la Promo; en otro momento, el Curso; y después quizás fueron los integrantes de una escuadra, una sección, una unidad o una misión específica. Cuando estamos lejos de la familia, sometidos al cansancio, la incertidumbre o la exigencia, esas personas dejan de ser solamente compañeros de trabajo. Son aquellos en quienes confiamos, a quienes ayudamos y de quienes, muchas veces, también necesitamos ayuda.

Recuerdo jornadas difíciles y extenuantes en que algún compañero, probablemente tan cansado y sediento como uno, extendió su cantimplora para compartir un trago de agua. O abrió su mochila y dividió un chocolate que perfectamente podría haber guardado para sí.

Nadie hablaba entonces de cohesión, grupos primarios o camaradería. Simplemente aparecía una cantimplora extendida o un pedazo de chocolate.

También recuerdo haber vivido esa sensación lejos de Chile. En ambientes multinacionales, cuando éramos pocos los chilenos presentes, la pequeña bandera que llevábamos en el brazo parecía adquirir otra dimensión. Comprendíamos que nuestra responsabilidad era mayor que la individual: estábamos representando al país que llevábamos en el hombro. Y allí, encontrarse con otro chileno, escuchar nuestra forma de hablar o simplemente reconocer la misma bandera generaba inmediatamente un vínculo. Estábamos lejos de casa, pero no completamente solos.

Quizás por eso estas amistades sobreviven tan bien al tiempo. Pueden pasar años sin encontrarnos. Cambian las responsabilidades, las ciudades, los grados y finalmente llega el retiro. Sin embargo, basta volver a reunirse para que reaparezcan las historias, los sobrenombres, las bromas y esa particular complicidad que solo comprenden quienes estuvieron allí.

Tal vez por eso también los regimientos tradicionales y los círculos militares siguen reuniendo a camaradas después de décadas. Desde fuera podría parecer simplemente nostalgia. Y seguramente algo de eso hay. Pero creo que existe algo más profundo: nos reencontramos con personas que fueron testigos de una parte de nuestra propia vida.

Hoy, desde el retiro, comprendo que mi vida militar no fue solamente una sucesión de unidades, cursos, destinaciones, grados y responsabilidades. Fue, sobre todo, una larga historia de personas.

Por eso, en este septiembre, mientras el tricolor vuelve a aparecer por todo Chile, envío un saludo, un recuerdo y un abrazo a mis amigos de la Promo y de los distintos Cursos, pero también a tantos camaradas más y menos antiguos con quienes alguna vez coincidimos en las filas. A quienes compartieron conmigo una cantimplora, un chocolate, una misión, una dificultad, una alegría, una conversación o simplemente una buena historia.

Todos ellos me ayudaron a ser quien soy y forman parte de mi vida.

Porque después de los años quizás una de las enseñanzas más sencillas sea también una de las más importantes: la vida no se marcha solo. Siempre marchamos con alguien, necesitamos de alguien y, tarde o temprano, también nos corresponde apoyar a otro para que pueda seguir marchando.

Tal vez eso sea, finalmente, ser un buen carreta.

Y quizás por eso también sea verdad que, de alguna manera, una vez soldado, siempre soldado.

 

 

 

 

 

Bibliografía

Barzallo, Alexander. “Los amigos de siempre.” Noticias Miami-Dade, agosto de 2026.

Benavides Santos, Arturo. Seis años de vacaciones: Recuerdos de la Guerra del Pacífico, Chile contra Perú y Bolivia, 1879–1884. 3.ª ed. Buenos Aires: Editorial Francisco de Aguirre, 1967.

Gutiérrez Valdebenito, Omar. Sociología militar: La profesión militar en la sociedad democrática. Santiago: Editorial Universitaria, 2002.

Parvex, Guillermo. Un veterano de tres guerras. Santiago: Academia de Historia Militar, 2015.

Fernando Silva Ramírez

Amante de mi familia, estoico en formación y convencido de cambiar el mundo formando mejores lideres en las nuevas generaciones.

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