Hace algunos años escribí Firmes bajo la lluvia. En ese artículo describía a un grupo de soldados que permanecía en formación mientras el agua empapaba sus uniformes y el frío convertía cada minuto en una prueba de disciplina. La lluvia era entonces una metáfora de aquellas circunstancias que exigen carácter, propósito y confianza en quien permanece a nuestro lado.
Hoy la lluvia ha dejado de ser una metáfora. Para miles de personas en Chile significa viviendas dañadas, caminos interrumpidos, cortes de electricidad, evacuaciones y horas de incertidumbre. Estar firme bajo ella ya no consiste en conservar una posición, sino en proteger a la familia, ayudar a un vecino, abandonar a tiempo el hogar o comenzar a reconstruir lo perdido.
Desde la comodidad resulta fácil admirar la capacidad de otros para levantarse. Para quien ha perdido una parte importante de su vida, hacerlo no es una consigna inspiradora, sino una tarea dolorosa. La resiliencia, por eso, no debería entenderse como la obligación de soportarlo todo ni convertirse en un relato inspirador que termine normalizando el sufrimiento. Consiste en conservar, aun en la adversidad, alguna capacidad para actuar, pedir ayuda, cuidar a otros y encontrar un nuevo punto de apoyo. Porque, cuando la incertidumbre, la fricción y el azar nos impiden controlar el entorno, lo único verdaderamente organizable siguen siendo nuestras acciones.
Viktor Frankl[1]sostuvo que, incluso cuando no podemos modificar inmediatamente las circunstancias, permanece abierta la posibilidad de decidir cómo enfrentarlas. Esta afirmación no elimina el dolor ni entrega toda la responsabilidad a quien lo padece. Señala algo más modesto: aunque nuestras alternativas se reduzcan, rara vez desaparecen por completo. A veces la libertad disponible consiste únicamente en dar el siguiente paso, aceptar una mano extendida o tender la propia.
La filosofía estoica ofrece una perspectiva semejante. Epicteto[2] distinguía entre aquello que depende de nosotros y aquello que escapa a nuestro control. No podemos detener la lluvia ni cambiar la geografía de un país marcado por terremotos, incendios, aluviones y temporales. Sí podemos prepararnos, decidir con prudencia y transformar lo vivido en aprendizaje. Esta distinción no conduce a la resignación; orienta la energía hacia aquello sobre lo que todavía podemos ejercer responsabilidad.
Esa responsabilidad también corresponde a las instituciones. Ante esta emergencia existieron alertas, coordinaciones y preparativos frente a lo que se avecinaba. Reconocerlo es importante, porque prepararse marca una diferencia. Sin embargo, como advirtió Helmuth von Moltke[3], ningún plan permanece intacto después de su primer contacto con la realidad. La intensidad, la duración y los efectos de una crisis pueden superar los supuestos iniciales y obligar a revisar decisiones que parecían adecuadas.
Precisamente por eso, los planes son fundamentales. Su valor no reside en anticipar cada detalle, sino en el proceso de planificación que los hace posibles. Planificar obliga a imaginar escenarios, identificar vulnerabilidades, definir prioridades y preparar cursos de acción. De ese trabajo surge un conjunto de previsiones que permite tomar mejores decisiones cuando la realidad resulta distinta de la planificada. La calidad de un plan no se mide, entonces, por su cumplimiento literal, sino por la capacidad que proporciona para ajustar la respuesta sin perder el propósito. Siguiendo el pensamiento de Peter Drucker[4], la efectividad consiste en hacer bien las cosas correctas.
En una institución de educación superior, esto significa distinguir qué actividades pueden suspenderse y qué funciones deben protegerse, mantener la comunicación, identificar a estudiantes y colaboradores afectados y flexibilizar responsablemente los procesos académicos. Continuar no siempre significa seguir haciendo lo mismo. A veces exige cambiar la forma de actuar para resguardar lo esencial.
Las comunidades educativas tienen, además, una tarea que excede la respuesta inmediata. Cada emergencia constituye una oportunidad para formar criterio, responsabilidad y conciencia cívica. Prepararse no significa vivir dominados por el temor. Significa comprender que el cuidado de los demás comienza antes de la crisis: en la calidad de las decisiones, en la confianza construida y en la capacidad de colaborar cuando las certezas se debilitan.
Chile posee una larga experiencia de reconstrucción. Esa historia ha desarrollado una solidaridad reconocible y una notable capacidad de respuesta. Pero la experiencia, por sí sola, no garantiza aprendizaje. Aprender exige revisar qué funcionó, qué vulnerabilidades quedaron expuestas y qué debe cambiar antes del próximo evento. No se trata de buscar culpables mientras aún llueve, sino de impedir que la urgencia del presente sea seguida por el olvido.
Seguiremos enfrentando lluvias y otras adversidades. No podemos escoger todas las circunstancias que llegarán, pero sí trabajar para decidir cómo nos encontrarán: aislados o vinculados, rígidos o capaces de adaptarnos, resignados o dispuestos a aprender. En Firmes bajo la lluvia, cada integrante sostenía su posición sabiendo que, como en las antiguas formaciones hoplitas, el escudo propio protegía también al compañero. Hoy esa imagen adquiere un significado más amplio: nadie enfrenta completamente solo una emergencia.
Seguimos firmes bajo la lluvia. No porque ignoremos el frío, el cansancio o el temor, sino porque todavía podemos proteger a quien está a nuestro lado, cumplir con nuestro deber y conservar, incluso en la incertidumbre, una esperanza que merece ser cuidada. Tal vez en eso consista ser siempre mejores que ayer.
[1] Viktor Emil Frankl (1905-1997) fue un neurólogo y psiquiatra austríaco, sobreviviente de los campos de concentración nazis y fundador de la logoterapia, corriente psicoterapéutica centrada en la búsqueda de sentido y en la responsabilidad personal. La reflexión de este artículo se inspira en su obra El hombre en busca de sentido, publicada originalmente en alemán en 1946.
[2] Epicteto fue un filósofo estoico nacido en Hierápolis. Sus enseñanzas fueron recogidas por su discípulo Arriano en las Disertaciones y en el Enquiridión o Manual. La distinción entre aquello que depende de nosotros y aquello que escapa a nuestro control se encuentra al comienzo del Enquiridión.
[3] Helmuth Karl Bernhard von Moltke, conocido como Moltke el Viejo (1800-1891), fue mariscal de campo prusiano y jefe del Estado Mayor General. La referencia tiene relación con su conocida expresión «ningún plan resiste el primer contacto con el enemigo» la que fue desarrollada en su ensayo Über Strategie (Sobre la estrategia).
[4] Peter Ferdinand Drucker (1909-2005) fue profesor, escritor y consultor austríaco-estadounidense, reconocido como uno de los pensadores más influyentes de la administración contemporánea. En The Effective Executive, publicado en 1967, desarrolló la efectividad como una práctica basada en prioridades, contribución y acción.
