17 de Abril de 2026

¿Y si el miedo fuera un motor del aprendizaje?

 

Un estudiante frente a una presentación. Sabe la materia, ha estudiado, incluso ha ensayado. Pero duda. No es falta de conocimiento: es miedo. Miedo a equivocarse, a quedar en evidencia, a no estar a la altura. En ese instante, lo que está en juego no es solo su desempeño, sino algo más profundo: su disposición a actuar y su carácter.

Durante mucho tiempo, hemos asumido que el aprendizaje ocurre en condiciones de seguridad y confianza, y que el miedo es una interferencia que debe ser eliminada. Pero ¿y si esa premisa fuera incompleta? ¿Y si el miedo —bien comprendido— no fuera solo un obstáculo, sino también un motor del aprendizaje? La historia, la filosofía y la evidencia contemporánea invitan a reconsiderar esa idea.

En la antigua Esparta, el miedo no era una debilidad a erradicar, sino una condición a enfrentar. La Agogé —su sistema formativo— no buscaba individuos invulnerables, sino disciplinados: personas capaces de cumplir su deber y avanzar aun cuando el temor estuviera presente. El objetivo no era eliminar el miedo, sino aprender a actuar con él. Hoy, en las aulas y muchas veces en el ambiente laboral, el miedo adopta otras formas: temor al error, al juicio de los pares, a la exposición o a no cumplir con las expectativas. No son emociones menores; muchas veces constituyen una de las principales barreras para un aprendizaje profundo.

Aquí, la filosofía estoica, especialmente a través de Epicteto, ofrece un concepto vigente en contextos de incertidumbre: no controlamos el entorno ni los resultados, pero sí nuestras acciones. Como comenté en una publicación anterior; en escenarios que muchas veces parecen caóticos, esta idea cobra especial sentido: lo único verdaderamente organizable son nuestras acciones, premisa que sigue vigente como un ancla frente a la incertidumbre (“Diez años después: lo único organizable siguen siendo nuestras acciones”).

Y es precisamente en ese espacio donde el miedo puede transformarse. El problema no es sentir miedo, sino evitar actuar a causa de él. La educación espartana comprendía que el carácter se construye enfrentando progresivamente aquello que incomoda; no hay transformación sin exposición, ni aprendizaje significativo sin cierto grado de incomodidad.

En mi experiencia como vicerrector, esta realidad es evidente. He escuchado en múltiples ocasiones a estudiantes y potenciales emprendedores señalar que lo que más los limita al momento de proponer un proyecto o presentar una idea no es la falta de capacidades, sino el miedo. Miedo a equivocarse, a ser evaluados negativamente, a no cumplir con las expectativas a fracasar. Esa constatación refuerza una idea incómoda pero necesaria: muchas veces, el principal obstáculo del aprendizaje no está en el contenido, sino en la disposición a actuar.

Ahora bien, conviene hacer una distinción fundamental, especialmente en el contexto actual. No todo miedo educa. El miedo que surge de la violencia, la amenaza o la inseguridad no forma; deteriora. No activa el aprendizaje, lo bloquea. El miedo que proviene de la violencia paraliza; el que nace del desafío moviliza. Confundirlos no solo es un error conceptual, es una falla pedagógica. En un escenario donde la convivencia en los establecimientos educacionales ha sido tensionada por situaciones de violencia, esta diferencia se vuelve crítica. El miedo al que aquí se hace referencia es distinto: es el que emerge del desafío, de la exposición progresiva y de enfrentar lo desconocido en un entorno seguro. No todo miedo educa, pero todo aprendizaje real incomoda.

Es así como en una conferencia realizada en la sede Puente Alto de INACAP, en el marco del encuentro con directivos de colegios y liceos del territorio 2026, el docente de INACAP, Jaime Olivos, planteaba que el miedo es la emoción básica que más facilita el aprendizaje, porque nos saca de la zona de confort y activa mecanismos de adaptación. Pero esto supone una condición esencial: que ese miedo no provenga de la amenaza, sino del desafío.

Esto plantea una reflexión relevante para la educación superior. Cuando el proceso formativo se limita a la transmisión de contenidos en entornos completamente controlados, se reduce el riesgo de error, pero también la profundidad del aprendizaje. En cambio, cuando se incorporan experiencias que exigen al estudiante actuar —presentar ideas, resolver problemas abiertos, tomar decisiones con información incompleta, aplicar el pensamiento crítico— se concreta una lógica más profunda: aprender haciendo a lo largo de la vida. No se trata de generar presión innecesaria, sino de diseñar entornos seguros pero desafiantes, donde el error no sea penalizado, sino analizado, y donde equivocarse permita avanzar con mayor comprensión.

En este punto, el error deja de ser un fracaso para convertirse en un recurso pedagógico. Como también he planteado previamente, errar no es el problema; el problema es no aprender ni adaptarse a partir de ese error. El aprendizaje real ocurre en ese ciclo: errar, aprender, adaptar y volver a actuar (“Errar, aprender, adaptar y liderar”). De aquí surge una idea central: la confianza no es un punto de partida, sino una consecuencia.

Desde esta perspectiva, el desafío educativo no es eliminar el miedo, sino integrarlo de manera inteligente en el proceso formativo. No como una barrera, sino como una oportunidad para desarrollar habilidades más profundas: criterio, resiliencia y capacidad de acción. Y es aquí donde la pregunta inicial adquiere pleno sentido: ¿y si el miedo fuera un motor del aprendizaje?

La evidencia sugiere que sí puede serlo. No el único, ni necesariamente el más cómodo, pero sí uno real cuando se comprende y se gestiona adecuadamente. El miedo activa, moviliza y obliga a adaptarse; nos enfrenta a nuestros límites y, bien acompañado, nos impulsa a superarlos. El riesgo no está en su presencia, sino en su mal manejo.

En un sistema que tiende a proteger del error, el verdadero liderazgo educativo consiste en enseñar a enfrentarlo. No eliminando el miedo, sino formando el carácter necesario para avanzar con él. Porque en la educación del futuro, no bastará con saber. Será imprescindible atreverse.

 

 

Fernando Silva Ramírez

Amante de mi familia, estoico en formación y convencido de cambiar el mundo formando mejores lideres en las nuevas generaciones.

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